miércoles, 28 de junio de 2017

28/6/2017 13.58

Días difíciles los últimos que corren. El orgullo gay, por una parte y, por otra, mi protegido – como tú lo llamas – y sus prejuicios no sé si raciales o étnicos o qué, pero cuando le comenté – adrede, es verdad, que bien pude callarme – que la nueva caldera (se averió el día de san Juan, como hacía fresquito, y cuando asfixiadita viva me desperté de la siesta me percaté horrorizada de que la calefacción se disparaba sola. Pero llamé a los del gas y dijeron que sí, que con muy mal arreglo, aunque no me extrañó porque llevaba ya algún año apuntando maneras; así que el mismito lunes a medio día ya tenía instalada y en perfecto funcionamiento una caldera nueva y,  que terminaba yo por cierto de cobrar mi extraordinario, como decía una antigua compañera de trabajo “el dinero y los cojones para las ocasiones”) la habían colocado un par de negros, pero negros, negros tirando a azul marino, y habían trabajado muy bien “así que no me vuelvas a decir – le dije, que es por lo que digo que bien pude callarme (pero no me dio la gana) que todos los negros son vagos” – me respondió con un más que puntito (puntazo) más, a criterio de mi subjetividad por lo menos, que airado.
El siguiente capítulo mi portero, ayer, que por favor tenga cuidado con el perro porque ya varios vecinos le han comentado que les da miedo. Le contesto, con mi mejor sonrisa y tono irreprochablemente cortés, y cordial, y modulado, que el miedo es libre pero el perro sale, siempre, con correa y bozal y muy firmemente agarrado por mí.
‒ Sí – me dice – pero imagínese que se le escapa.
‒ Es que – le contesto – la imaginación también es libre.
Me pide por favor – en tono tan irreprochablemente cortés y cordial y modulado como el mío – que como a él le da miedo cuando le ladra (que es verdad que le ladra) evite pasar por el portal con él durante su horario laboral.
‒ De acuerdo – le digo – ¿A que hora viene usted?
‒ Mi trabajo empieza a las nueve, pero – y esto ya sí que tuvo su aquel y creo que esta vez no soy subjetiva – vengo a las ocho y veinticinco porque a mí me viene bien. A cambio – añadió – si algún día necesito marcharme antes de las ocho (de la tarde, claro, su jornada es de nueve a dos y de cinco a ocho) el presidente me lo autoriza.
‒ Convendrá conmigo – le digo yo – en que si usted viene antes de la hora por voluntad propia me obliga a, para no molestarle y que no deseo en absoluto molestarle, madrugar 35 minutos más de lo que me pide.
Total, que dijo “bueno, por la mañana no me importa que coincidamos, pero no en el resto del día, por favor”.
Así que he tenido la amabilidad – porque la he tenido, aunque en parte por pura vanidad de quedar como la más flexible – de a las 8 y 18 cruzar el portal ya de regreso.
Y, también por pura vanidad, lo seguiré saludando indefectiblemente y, siempre, con mi mejor sonrisa y tono irreprochablemente cortés, y cordial, y modulado.
Lo verdaderamente triste…
Ah, se me olvidaba. Me sentía entre unas cosas y otras tan agobiada, tan desgraciada, que pensé que el hablarlo, decirlo, me liberaría un poco de la angustia y por eso te llamé. Pero, como en ese momento no podías atenderme y dijiste “te llamo en unos minutos”, mientras pasaban los minutos pensé. Pensé que no quería, que no quiero que en nuestra relación se interfieran mis angustias, que como te dije no hace mucho no quiero hablar de los males ni de mi cuerpo ni de mi alma ni de mi pensamiento…
Por eso cuando llamaste te dije “no quiero, no quiero hablarlo, tengo que aprender sin decirlo a sobrellevar las contrariedades que acarrea la cotidianidad. Sé que siempre que puedas con tu pensamiento me ayudarás”.
Lo verdaderamente triste – decía – es que esta mañana cuando paseábamos vi a la distancia un bulto negro mitad en la acera mitad en el asfalto. Quise pensar será una bolsa de plástico, pero con el presentimiento de que iba a ser un gato. Y cruzamos el semáforo, y lo era, y con una de las bolsas para Jerry tiré de él ya rígido y lo coloqué en el alcorque del árbol más cercano. Allí ya al menos nadie le iba a dar una patada. Pero minutos después pensé que hacía mejor si llamaba al 010 para que viniesen a recogerlo y, según hablaba con la señorita del ayuntamiento y no habiendo caminado más quizás de cien metros, otro bulto esta vez en el asfalto, pero de este sólo se distinguía piel aplastada no sé ya de qué color, y huesos machacados, todo ello manchado de sangre.
Y no le dije nada de él a la señorita porque aquello no era ya objetivamente un cuerpo. Ya no había unos ojos sin expresión.
Parecerá que exagero, pero raro es el día que no me encuentro algún animal, una paloma, o un pájaro, muerto que, siempre, con una bolsa como guante, coloco en el alcorque de algún árbol.
Trato de comprenderlo, que viven en las ciudades y en las ciudades mueren. Y no llamo al ayuntamiento.
Pero animales atropellados es otra cosa. Atropellar un animal puede evitarse si se tienen ganas de hacerlo.
Sacaré de nuevo a Jerry entre las 2 y las cinco. Luego, a eso de las once y media o doce, espero no encontrar miedosos.
Y, como colofón que es otro tema pero metida en harina ya lo suelto todo, me revuelve el hígado alguien que en los comentarios del aventurero firma Rafa.
¿Qué por qué?
Cualquiera que tenga una forma de sentir parecida a la mía o la comprenda entenderá el porqué perfectamente.
Y que Beucis no le va a la zaga. Y, en general, los muy pocos que ya participan en ese blog.


Una lástima. Pienso que los textos del libro hubieran debido ser tratados, comentados de otra manera… No sé cuál, pero en sus arranques pudo ser y, luego, algo se torció y quedó, o los demás lo dejamos, en manos de estos exquisitos.