jueves, 29 de septiembre de 2016

Impacto


Me despierta un ruido grande pero sordo, como de algo de una sola pieza y muy voluminoso golpeando sobre una superficie cubierta por algún tipo de material acolchado o sobre la arena de una playa desierta sin causar víctimas ni destrozos porque, de lo contrario, se hubiesen oído gritos, o lamentos, o demandas de auxilio o el crujir de objetos que se quiebran, a menos, que también lo pienso, “el impacto haya sido tan rotundo que”.
E imagino Hiroshima como imagino siempre que la pienso Hiroshima preguntándome  por qué no Nagasaki o lo que no imagino sin saber por qué siempre que a continuación de Hiroshima pienso indefectiblemente en Nagasaki como específicamente Nagasaki.  
Pienso asomarme al balcón pero me digo que no va a merecer la pena porque no tengo cerca ninguna playa; y no habiendo podido ser sobre una playa (o sí sobre una playa, no se puede descartar de plano que pueda sobre cualquier playa del mundo producirse un impacto que produzca un ruido grande pero sordo como de algo de una sola pieza y muy voluminoso golpeando sobre una superficie cubierta por algún tipo de material acolchado, pero no la playa sobre la que yo estoy imaginando) no tiene el menor sentido ponerse a averiguar si ha habido víctimas entre los bañistas desprevenidos y despreocupados tumbados, tranquilamente, panza arriba dorándose al sol contrariados porque en un par de días terminarán sus vacaciones de verano y tienen, aún, que recoger todos sus enseres y empaquetarlos y organizar el viaje de regreso a sus ciudades de origen maldiciendo de la vida cotidiana y de los atascos y de que la nevera, ya lo verás, va a estar vacía.
Y está vacía. No la nevera imaginaria de unos bañistas que tumbados tranquilamente panza arriba dorándose al sol desprevenidos y despreocupados imaginan contrariados que en un par de días terminarán sus vacaciones de verano sino la de quien en una mañana de invierno los imagina recogiendo todos sus enseres y empaquetándolos y organizando el viaje de regreso a sus ciudades de origen, maldiciendo de la vida cotidiana y de los atascos y de que la nevera, además, que lo acabo de mirar, esté vacía a menos, que también lo pienso, que alguien a quien despertó un ruido grande pero sordo , como de algo de una sola pieza y muy voluminoso golpeando sobre una superficie cubierta por algún tipo de material acolchado o sobre la arena de una playa desierta sin causar víctimas ni destrozos porque, de lo contrario, se hubiesen oído gritos, o lamentos, o demandas de auxilio o el crujir de objetos que se quiebran,  tenga la ocurrencia de ocuparse de sus propios asuntos y dejar de una puñetera vez de imaginarme.

domingo, 18 de septiembre de 2016

Texto 11.16

Publicado por  el Sep 18, 2016 en Undécimo mensaje. Las cárceles de la razón. 

11.16 “Los que comen raíces mientras acumulan manjares, los que visten seriedad sin tener motivos para la tristeza, los que cultivan discordias ofreciendo caricias y amparo, los que labran pecados lacerando la carne, quebrantando los huesos con penitencias y se envuelven cabizbajos en sombras, están burlando los leones de la ley y son asimismo buscadores de inocencia”.
COMENTARIO DE EL AVENTURERO
Pretender la pureza a través de la virtud, considerándola un premio, una recompensa al esfuerzo y la corrección desde unas formas cerradas y estereotípicas. Fachadas apolíneas franquean la puerta que da a la cueva de los dragones donde todo es mucho más confuso y contradictorio, donde lucha una realidad que debe ser trascendida o mejor dicho transformada. Desde esa aparente virtud, la energía vive como amortajada, enclaustrada, recorriendo siempre los mismos y cortos caminos en una aparente serenidad y coherencia que no hace sino pudrir la vida injustamente. Evitar el desafío de la fuerza, de la lealtad hacia la belleza de lo espontáneo sin tarjetas de presentación, del respeto sin juicio de los misterios del mundo y de quienes nos rodean, evitar nuestra propia verdadera inocencia sin juicio, y no aquella que se lava las manos, es la mayor injusticia que el hombre pueda ejercer sobre sí mismo. Y es que parece que la materia no merece tratarse como algo puro; temerosos de su fuerza la miramos desde la perversión de nuestro estado como algo ya corrupto en sí mismo. Decía Nietzsche en Zaratustra: “Que vuestra virtud sea vuestro yo mismo y no una cosa extraña, un encubrimiento: ¡ésta es la verdad que viene desde el fondo de vuestra alma, virtuosos!”.