domingo, 14 de febrero de 2016

Texto 10.12

Publicado por el feb 14, 2016 en Prólogo a la carta número diez. El libro de los compromisos.
10.12 “¿Es la sublimación del sexo un camino que facilita la lectura del resto de los diamantes del mismo racimo?: probablemente sí, así lo relata el planteamiento del quinto Veda, así lo definen los ritos órficos y los secretos estudios pitagóricos. Pero no por la vía de la práctica bacanálica, desenfrenada, patética o dependiente, sino a través de la percepción de lo mistérico. Es la experimentación del ritmo telúrico, del ritual mecánico del zen, como un canto a la vida para llegar al éxtasis de la muerte en la seguridad de la resurrección. Es por lo tanto un rito arquetípico en sus dos sentidos de memoria y futuro, no exclusivamente ligado a la reproducción, pues es obvio precisar que la disponibilidad sexual humana no depende de ciclos temporales ni de estados de fertilidad, sino de actitudes sensoriales activadas por aspectos fantástico-sensitivos y emocionales”.
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COMENTARIO DE EL AVENTURERO
El sexo está presente en la naturaleza del ser humano en todo, es decir que nos relacionamos de manera sexual con todo, ya que nada es desligable de nada. Y esto, lejos de provocarnos risa, o miedo, debiera simplemente hacernos más conscientes de la importancia profunda que tiene en nuestro funcionamiento. Siendo esto así, podríamos considerar el acto sexual entre dos personas, como la máxima expresión de nuestra sexualidad.
Parece que el primer paso debiera ser conseguir una compensación energética masculino-femenina del propio individuo, y desde ahí producirse el encuentro con la energía de otro ser. Todas las culturas ancestrales recogen en sus textos sagrados el elemento sexual del ser humano como algo con una potencialidad transformadora y de conocimiento importante, y nuestro autor lo define como un: “canto a la vida para llegar al éxtasis de la muerte en la seguridad de la resurrección”. Un rito sagrado cuya experimentación adecuada seguramente desde la preparación adecuada, puede abrir velozmente una vía de conocimiento.
Un rito de tal magnitud que nuestra sociedad insiste en banalizar, en mostrar y defender como “buen uso” sólo la parte superficial y mecánica del sexo, convirtiendo así la relación en algo casi deportivo, o gimnástico, en una práctica “necesaria” y no trascendente, en un mero desahogo hormonal y anímico. Seguro que no es gratuito ni casual, que la pornografía haya ganado terreno hasta ser asumida por muchos como una forma natural y sana de la práctica sexual. ¿Qué poderes están detrás de robar al ser humano la fuerza energética de la que es portador, limitando su sexualidad a algo inanimado?
Desde una posición de absoluto desconocimiento, hay varios términos que observando la tendencia de nuestros modos relacionales, me cuestiono: frente a necesidad, entrega, a pacto, compromiso, a certeza, confianza, evidencia, intuición, prepotencia, ignorancia, dominio, responsabilidad, conocimiento, libertad…

Debemos empezar a reivindicar el derecho, o quizá asumir la obligación, de caminar fuera de la aprobación del sistema en el descubrimiento de la sexualidad y comenzar a vivirla como un acto de transmisión y entrega, renunciando a los estereotipos y acercándonos a la posibilidad del mundo de la estética, donde quizá el único modelo sea la verdad personal y propia descubierta por cada individuo.