miércoles, 28 de enero de 2015

JUECES ANTICORRUPCIÓN

por  el 28 enero, 2015 en DerechoPolítica

Soy un Juez cualquiera en un Juzgado de Instrucción cualquiera. Llevo los asuntos habituales: robos, hurtos, lesiones, accidentes de tráfico, etc. Tengo el Juzgado hasta arriba de papel, con declaraciones y señalamientos a diario. Pero hoy me ha tocado el Gordo. Han llegado al Juzgado ocho cajas con un asunto muy feo de corrupción. Cuatro Alcaldes, sus Concejales de urbanismo y varios funcionarios denunciados. Parece que, además, pudiera estar relacionado con la financiación ilegal de uno de los grandes partidos políticos. El expediente está repleto de datos contables y no tengo la formación necesaria para entenderlos.

domingo, 11 de enero de 2015

Texto 8.7

8.7 “Las antiguas costumbres pedagógico-discriminatorias entre sexos están afortunadamente desapareciendo, pero a su vez ello genera una crisis de competencia. El número de locos encerrados en su propia cárcel de neuronas crece; el aislamiento se refleja en el anonimato a través de la tecnología, y la duda se tapa con la evasión insustancial; los viejos se amontonan en guetos confortablemente dudosos porque ellos ya han sido convencidos de que son inservibles”.
8_7

Alicia Bermúdez Merino con DNI 00132839z
13 enero, 2015
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Busco “pedagógico” en el diccionario de la RAE porque dudo de tener claro el concepto de qué es y sospechando que la costumbre que arrastro de imaginarlo referido a niños, siempre en torno a niños, me induce a error. Así encuentro que, bueno… cualquiera que no sea yo lo sabrá, pero es lo que encuentro y así lo corto y pego, literal:
pedagógico, ca.
(Del gr. παιδαγωγικός).
1. adj. Perteneciente o relativo a la pedagogía.
2. adj. Se dice de lo expuesto con claridad que sirve para educar o enseñar.
Lo que me lleva a deducir que no es necesaria ni exclusivamente algo dirigido a niños, porque siempre habrá algo — aunque se sea muy viejo — pendiente de ser aprendido, de que el “viviente” habrá sin tregua ni pausa ni descanso de ser educado o enseñado a… lo que sea.
Parece, también, que el aprendizaje en cuestión ha de llegar de fuera, que ha de ser otro, distinto de uno mismo, el que desempeñe, o asuma, la labor de educarnos.
Creo que, en realidad y por mucho que el aprendizaje lleve incorporadas diferentes materias y disciplinas cuya utilidad quién sería yo para cuestionar, lo incuestionable e ineludible es que estamos obligados a aprender a vivir; lo cual resulta a su vez chocante, o me lo resulta a mí, porque, ¿aprender a vivir para terminar muriendo?
Se me antoja contradictorio; pero, aunque no lo fuera, aunque el aprendizaje del vivir fuese a ser algo que sirviera para una vez adquirido el correspondiente título salir con él bajo el brazo por la puerta de la ignorancia y a partir de ese instante empezar a ejercer de “viviente titulado”, docto en la materia, me sigue asaltando la zozobra de que tal cosa sea posible.
Todo lo que se aprende es basa (o se acumula) en experiencia, propia pero cimentada, a su vez, en la del… ¿docente? Que nos la muestra.
Me temo, y que me perdonen todos los que lean estas líneas y sepan más que yo, que por mejor voluntad que se ponga y por más empeño que se aplique a la tarea siempre iremos, enseñante y aprendiz, a la zaga y a rebufo del instante.
A sumar. Aprendes a sumar dos y dos y ahí se queda; y luego, con ese tramo del camino andado, atesorado ese saber, aprenderás a sumar cuatro y cuatro, y todo estará yendo de alguna forma en una especie de progresión digamos lógica, o coherente, y también de alguna forma previsible.
¿Pero se puede prever en cada instante el instante siguiente que la vida va a deparar?
Y, aunque se previera, ¿serviría lo aprendido en el momento y las circunstancias y el entorno en el que se aprendió para saber resolver el imprevisto?
La vejez. Se dice que los viejos saben pero, ¿saben qué?
Aunque nunca dejen, dejemos (lo digo por mí) de aprender, lo aprendido será viejo (también) e inservible en el ahora mismo en que, por concretar, veo las 3.18 en la pantalla del ordenador.
No sé lo que he aprendido, si poco o si mucho, a lo largo de los años, pero me temo que para cuando el reloj de la pantalla salte a las 3.19… que ya ha saltado, perdido ese minuto en teclear, pero, bueno, el 20 si es que me da tiempo de atraparlo, ¿sabré vivirlo siendo la primera vez en toda mi vida que viviré el minuto 3.21 (o 22, o el que me dé tiempo de alcanzar con las yemas de los dedos deambulando torpes, confusas como yo y como las manos mías por el teclado) de un martes, el único martes de toda mi vida 13 de enero de 2015?
Mira, las 3.25 entre unas cosas y otras…
Me quedaré quieta y esperaré al siguiente sin hacer nada. Y que por lo menos no se me escape.