domingo, 22 de septiembre de 2013

Texto 6.5

Publicado por  el sep 22, 2013 en Prólogo a la carta número seis. Otros sueños |

6.5 “Cada uno desplaza su dios mistérico, quimérico y simbólico en forma de su pequeño dios creador disfrazado de albañil que construye un mundo con fronteras llenas de caniches feroces disfrazados de Cerberos; un mundo pequeño donde hay toda suerte de frutales manipulados, pero donde no cabe el manzano del jardín de las Hespérides, ni tan siquiera el de la ciencia del bien y del mal, un mundo pequeño rodeado de luminosas cristaleras que no dan a ninguna parte, donde los pensamientos zumban como abejorros en cortejo nupcial sin dama, y se golpean insistentemente en los cristales de un muro donde las hojas no se pudren y el suelo no se nutre, donde no cabe el asombro porque no se miran las sombras”.
Comentario de Afrodita:
Dios es un personaje masculino que se parece al primer adulto hombre, o al primero hombre que por la razón que fuere nos llamase la atención, que conocimos cuando éramos niños.
Más tarde, cuando empezamos a hablar, nos dirigimos a él llamándolo padre y, siempre, para pedirle cosas (igual que a un padre) o para pedirle perdones por faltas que no sabemos si lo son — o lo sabemos tan sólo porque lo aprendemos de nuestros mayores, padres, superiores, gentes que se parecen tanto a él, que a su vez lo aprendieron de los suyos — y ni siquiera si las hemos cometido, pero, por si acaso…
A las madres no. A las madres siempre se las ha temido menos. Nunca se ha tenido la sensación de que fuesen tan justicieras y, en efecto, quien más quien menos, tenemos constatado que los castigos impartidos por las madres raramente son demasiado severos. Quizás porque se parecen menos a Dios que los padres.
Luego en las casas, en las familias, en la medida en que se contaba con una economía  que permitiera que algunos de sus miembros (no todos) adquiriesen formación o cultura, se elegía que fueran los chicos, los futuros hombres y padres que a más corto o largo plazo serían los émulos de Dios.
Las niñas, futuras mujeres y madres, no. Aunque la economía familiar lo permitiese se dejaba de lado el que adquiriesen conocimientos porque, total, pará qué si no se iban a parecer a ÉL  y, en el caso de que se pareciesen, hubiera sido un verdadero escándalo, algo así como pretender travestir a Dios; así que mejor dejarse de experimentos.
Más adelante, cuando esos hombres y mujeres organizaban sus vidas en pareja y tenían hijos les enseñaban lo aprendido (el padre más, que para eso era el que más sabía) y cuando un niño hacía cualquier tipo de pregunta la madre solía responder “pregúntale a tu padre”.
 Y a rezar el Padre Nuestro que estaba en los cielos,  un lugar desconocido y remoto parecido tal vez  (en la mente infantil) al de trabajo en que el padre (con minúscula) pasaba gran parte de su tiempo para proporcionar a la prole el pan de cada día.
Y cuando se tenía miedo o había que salir de algún atolladero se acudía al padre clon del Padre que nos libraría del mal.
Todo en la cultura occidental (de la oriental y de otros lugares mi desconocimiento es total) arrastra de forma inevitable a aprender a Dios como un hombre. Y si la mayoría de los hombres que todos conocemos no son un dechado de perfecciones — bueno, que las mujeres tampoco, pero como estoy hablando de Dios no entran en cuenta — cómo puede entrarnos en la cabeza que ese Señor que los hizo a su imagen y semejanza es alguien muy distinto.
Porque además Dios es alguien, y — exactamente igual que cualquier otro alguien a quien muy poquitos nos echamos en cara en nuestras vidas — tiene virtudes que además de ser supremas (supremacías que sólo podemos cuantificar tomando como referencia las virtudes de los hombres que tenemos a mano) son enunciadas siempre en masculino; Dios es justo, Dios es Bueno, Dios es todopoderoso.
¿Cómo con esos mimbres podemos nadie tejer el cesto de un Dios que no sea ni más ni menos que cualquier Don Nadie?
Pero, bueno, eso era antes. En el siglo pasado y lo poco que llevamos de éste y con eso de la igualdad, las mujeres han (hemos) roto muchos moldes. Y no sólo las mujeres sino los transexuales, los bisexuales, los… Bueno, no me sé más.
Y cuando un niño pone los ojos y las entendederas en ese muestrario variopinto que desfila por delante de él debe de quedarse bastante perplejo preguntándose por qué ninguno de los candidatos se parece al Dios que ha visto en algún cuadro o en alguna estampa que alguien pintó alguna vez.
A Dios nunca se le hubiese debido dar nombre, ni adjudicarle una forma ni una fisonomía. Nos habríamos evitado todos muchas malformaciones mentales, muy difíciles ya de erradicar.