domingo, 14 de julio de 2013

Texto 5.23

  1. Publicado por  el jul 14, 2013 en Quinto Mensaje. En el aliento de Cronos

    5.23 “Y mientras tanto, están cerrados los ojos a los infinitos ritmos de cada voluntad responsable, ignorando que cada vida contiene el sello de lo único. Y todos quieren que no pase nada, que no se cubran de blanco las cabezas, que no te pidan salir de la trinchera, que nadie descubra la cruz de la apariencia, que no brillen las luces en las manos”.

    Afrodita
    18 julio, 2013
    Cuando era niña, en el colegio, una profesora (no recuerdo de qué) nos contaba (tampoco recuerdo con motivo de qué) una anécdota, o pequeño cuento, en el que un hombrecillo entra en una iglesia, se coloca frente al altar y se aplica a ejecutar todo un repertorio de saltos y piruetas.
    El cura lo ve, y viene y lo amonesta; le dice que está en un lugar sagrado y que lo que está haciendo es una falta de respeto.
    El hombrecillo explica que es saltimbanqui, y que está agasajando a Dios, ofreciéndole lo que mejor sabe hacer.
    He recordado en diferentes ocasiones a lo largo de la vida aquella mañana, el ambiente dentro de la clase, la claridad en la ventana, la voz de la profesora y su tono al hablarnos. No sé por qué algo tan sencillo se queda grabado.
    No sé tampoco qué exactamente de los comentarios leídos es lo que me lo ha traído a la memoria ni por qué me ha asaltado la duda — nunca había ocurrido antes, o no me había dado cuenta — un poco inquietante de si es suficiente.
    Si es suficiente aplicar la mejor de las voluntades a depurar y perfeccionar al máximo aquello que somos conscientes de saber hacer muy bien; si, en ese centrar todo el esfuerzo en sublimar de qué somos capaces, no estamos (a veces) ignorando (de tan embebecidos o tan absortos) que tenemos quizás otras capacidades que desconocemos porque no ha surgido el detonante que las haga aflorar.
    Y, ese detonante, ¿hay que buscarlo? Lo que llamamos espíritu de aventura, ¿consiste en buscar o consiste en estar despierto para verlo llegar?
    Y, otra pregunta; ¿qué es más válido, más grato — volviendo al cuento — a los ojos de Dios, afianzarnos en aquello para lo que nos sabemos capacitados o arriesgarnos a meternos en jardines, aventurarnos en empresas que puede que nos sobrepasen?
    ¿Y si nuestro “para qué” no estuviera siendo el logro sino sólo el intento y, quién sabe, si no incluso el fracaso?
    Nacer y vivir para fracasar como ser humano ¿podría ser?
  2. Mandala (58)