sábado, 15 de enero de 2011

Texto 2.14

Publicado por  el ene 15, 2011 en Prólogo a la segunda carta. En busca de los sueños

2.14 “Reconducir los mitos clásicos a la actualidad despiezándolos en complejos, obsesiones o manías, sólo es cuestión de poner nombres a los estados genéricos, y teniendo en cuenta la supervivencia de las raíces mitológicas en el desarrollo de los modelos sociales, el acierto pleno está asegurado; ya se sabe que sólo la legión de pacientes de los seguidores de Freud tienen sueños freudianos”.

Afrodita
16 enero, 2011
“… sólo la legión de pacientes de los seguidores de Freud tienen sueños freudianos.”
Y es que si un señor tiene — y es sólo un ejemplo y por poner por caso — sueños eróticos con su cuñada o, dando la vuelta al ejemplo, una señora con su cuñado y la cosa queda ahí, en sueños eróticos sin más complicación ni más problema, el soñador (o soñadora) olvidará sencillamente el sueño, y a otra cosa, y volverá a ser el hombrecillo o la mujeruca gris que tiene sueños vulgares y corrientes, y lo seguirá siendo (sin gloria ni reconocimiento ni rango ninguno) hasta que tenga la feliz ocurrencia de — a instancias de algún familiar o amigo que se lo sugiera por su bien — consultar con un especialista.
La cosa dará entonces un giro espectacular en todos los sentidos y a todos los efectos y el soñador o la soñadora — que a lo mejor había sido siempre un o una insustancial sin preocupaciones y sin traumas — pasará el resto de sus días dando vueltas al sueño y a la cuñada o al cuñado.
He exagerado; no será “el resto de sus días” sino tan sólo la mitad; la otra mitad la empleará en, de mano del especialista, tratar (obsesivamente) de liberarse de la obsesión.
Pero ya dije al principio que esto sólo era un ejemplo y por poner por caso.
¿Por qué seremos tan dóciles los humanos?
¿Por qué es tan sencillo convencernos de que lo “nuestro” no es “normal”?
¿Por qué estamos encantados de que se nos diagnostiquen dolencias que no tenemos?
¿Por qué nos sentimos tan reconfortados cuando a nuestras “dolencias” se les pone un letrero?
¿Por qué en nuestros afanes de ser diferentes nos volvemos tan réplica de todos los que quieren ser diferentes?
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Afrodita
24 enero, 2011
Lo mío es escribir. Enlazar palabras sin detenerme casi nunca a analizar qué están queriendo significar. Me quedo perpleja muchas veces cuando después de teclear durante unos minutos levanto la vista, miro la pantalla, y es entonces cuando veo qué he escrito.
Es frecuente que ni yo lo entienda. Lo considero entonces como una manifestación del inconsciente dando respuesta a un algo que desde el consciente desconozco.
Hoy, por alguna razón que desde ese consciente tan huidizo no sé cuál pueda ser, me ha venido a la cabeza algo que escribí recientemente.
No quiero, sin embargo, poner en este blog algo que muy bien pudiera no tener — es muy posible, incluso, que no lo tenga —absolutamente nada que ver con la esencia, ni con el contenido, de este blog en general ni con el del texto que nos ocupa en particular; es por eso que invito, a quien desee leerlo, a hacer clic ahí arriba, donde se lee Afrodita.
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Escaramujo de los pedregales
30 enero, 2011
Falta debate. Al blog le está faltando debate.
No es comprensible que un contenido tan interesante, tan sugerente como es el de los textos, y que atrae tantas visitas dé lugar a tan pocos comentarios y de tan pocos participantes, que no somos más allá de la docena.
No es que hayamos de ser muchos o pocos, no es la cantidad en sí misma lo que le tenga que dar sentido al blog, pero está ocurriendo que parece que según pasa el tiempo en vez de crecer se achicase, se encerrase o se lo estuviera amordazando (entre todos) por alguna condenada manía, o vicio, o complejo que parece limitarnos a “o digo muy bien lo que voy a decir o me lo callo”.
A mí por lo menos me gustaría que se pareciese más a una reunión informal que a un aula donde cada uno de los que intervienen se pone de pie y con mucha seriedad expone su tesis (que es a lo que me recuerda constantemente).
Los textos en torno a los que escribimos son difíciles, no resulta abordable las más de las veces organizar un discurso coherente, intachablemente planteado y repleto de reflexiones estructuradas de forma absolutamente impecable; ultimadas, redondas e incontestables. Si es eso lo que cada cual estamos pretendiendo no vamos a conseguirlo; para incontestable ya está el libro… O, a lo mejor, se me acaba de ocurrir, lo acertado sería que intentásemos contestarlo.
Da la sensación de que nos tragamos las cosas sin masticar; de verdad.
Ya desde que arrancó han surgido en infinidad de ocasiones oportunidades de debatir, pero sólo ha habido debate cuando nos hemos “picado” alguno con algún otro; pero no ha sido un debate centrado en el texto a tratar en sí mismo; y debiera dar lugar a ese debate porque que no me diga a mi nadie que lo entiende todo tan estupendamente como para que la particular visión de cada cual no se rompiera, un poco, no alcanzara un “un pasito más allá” en su propio esquema con una réplica o una batería de réplicas dadas por los demás y tal vez escuetas, no sabias ni asombrosas pero sí espontaneas que se fueran algo así como ensamblando, unas con otras, como un puzle; eso enriquecería y favorecería a nosotros y al blog, le daría frescura, sería un poquito como aflojarse el nudo de la corbata los señores y dejar de meter la barriga las señoras…
Pero no lo hacemos, no nos concedemos esa frescura, estamos constantemente de visita.
¿Y para qué valen, además, en un blog los seudónimos sino para sentirse liberado, un poco al menos, de la propia identidad?
Aquí, y a lo mejor en todas partes, la máscara se ha convertido en el rostro en el que todos los demás van a reconocernos; y no nos sirve.
Pero nadie ha firmado un contrato de permanencia con su seudónimo. Inventaros uno cada vez si eso va a posibilitaros de andar un poquito más sueltos, pero, por favor, soltaros. Soltaros, que parece que estamos utilizando el libro como mordaza y no creo que esa sea su finalidad ni la intención de quien lo escribió.
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Cachis en los dioses
13 agosto, 2012
Los mitos, los héroes y los dioses; tan imponentes todos, tan soberbios, tan afianzados en sí mismos y en sus mismidades cada uno; tan absolutos y sin fisuras en qué están representando.
¿No es un poco así lo representado por cada uno de ellos? ¿No están todas las cualidades, rasgos, emociones, aversiones, inclinaciones, ideas, manías, obsesiones, virtudes, defectos, odios, celos y amores, y también los temores que nos aquejan y condicionan nuestras conductas, tan encastillados en su entidad o identidad y tan asentados en su inquebrantabilidad como los dioses lo están en su divinidad?
¿Somos los humanos los que nos ceñimos o amoldamos al modelo de los mitos o son los mitos posteriores y están siendo, cada uno, una especie de personificación de lo que ya desde antes habitaba en el ser humano, en su mente y en su alma?
Las mitologías de las latitudes más dispares y distantes cuentan con dioses y diosas que, aparte de las diferencias en los nombres y en los colores de sus pieles y los entornos en los que se desenvuelven, son perfectamente intercambiables.
Las representaciones, personificaciones, del amor, del odio, de la envidia, de los celos, de la rabia, de la ira, de la inteligencia, de la perversidad, y de tantas y tantos otras y otros virtudes y defectos que los dioses encarnan han sido, desde que el mundo es mundo — o desde que sabemos del mundo menos remoto que aquel en que con discurrir a ver si inventaban el fuego ya tenían bastante y no les quedaba tiempo de amarse ni odiarse — tan inmortales y tan imbatibles y tan indestructibles como su correspondiente divinidad-mito.
Las mitologías de cualquier parte son muy antiguas (parezco la ministra Magdalena explicando que el aeropuerto es mu grande) pero, obviedad aparte, los humanos lo somos más todavía.
Es por eso que pregunto, ¿no estará la mitología y los mitólogos (me lo acabo de inventar) que la escribieron siendo una especie de recopilación, un muestrario, del sentir algo así como “estándar” y de todas las grandezas y miserias de los humanos?
Pero —vuelvo con esto a lo que me preguntaba más arriba —, ¿nos resultan los mitos o dioses tan fascinantes, incluso los más listos/as y los más guapos/as, como para seguir imitándolos hasta el fin de los siglos? ¿No son tan inmortales y tan perfectos cada cual en lo suyo un poquito cargantes?
No parece en cambio empacharnos, a nadie, seguir tirando de grandezas y miserias (otra vez odio, amor, celos…, bueno, ya están enumeradas más arriba) que no han cambiado en absoluto, ni pizca, en esencia desde tiempo inmemorial.
¿Y no es eso preocupante? ¿No es preocupante que algo permanezca inalterado en un mundo tan cambiante?
A lo mejor es que son una especie de “maldiciones” que ensoberbecidas y endiosadas están ahí, como un eterno presente en nuestras vidas; y nosotros pretendemos buscarles las vueltas, esquivarlas y librarnos de su influjo; pero siempre utilizando los mismos métodos que son, sí, quizás, más elaborados y sofisticados, pero siempre los mismos en el fondo.
¿Qué es lo que pasa entonces, que los mitos y toda su simbología nos están poniendo sobre aviso de que no tenemos escapatoria, o es que nos están alertando de que las vías de escape son otras?