miércoles, 29 de septiembre de 2010

Secretos de la felinidad

No es el hacer planes de qué comerán mañana lo que les proporciona su comida, ni el cavilar cuál es el rincón más confortable lo que los coloca bajo el rayo del sol en las mañanas frías de invierno o sobre el césped fresquito, recién regado y a la sombre en las horas de la siesta del verano. 
No piden consejo a suegras y a cuñadas y vecinas de cómo cuidar a sus crías, ni estudian cómo o cuándo deben cortar el cordón umbilical. 
No vigilan su salud para vivir, descansando las horas necesarias y alimentándose correctamente, muchos años. 
No maquinan tretas de seducción para ser amados.
No toman venganza por ser maltratados ni prodigan gratitud por ser mimados.
Sus memorias son como pizarras mágicas en las que todo cuanto se va escribiendo desaparece en el instante. Si un sonido intempestivo los asusta, ese mismo sonido, como si fuera nuevo, los volverá a asustar cuando vuelvan a oírlo. Pero viven sin miedo, sin inquietud por su destino, sin prever ni tomar precauciones, sin adelantarse a los acontecimientos.
¿Cuántos gatos callejeros viven quince, dieciséis años? Muchos o pocos, pero en las mismas condiciones el que sobrevive que el que muere arrollado, o envenenado, o torturado; no viven menos que los que, más afortunados, tienen un humano, racional, amoroso, que cuide de ellos.
No es su prudencia lo que los preserva ni es su razón la que los pone sobre aviso de qué o quién no les interesa o les conviene.
Pero todo está hecho a la perfección en sus vidas que viven sin saber dónde está el límite; todo es, en ellos, sin importar qué es ni qué lo que ellos hacen para que todo sea.
¿ Hasta qué extremo alcanzaríamos a ser libres los humanos si, además de nuestra inteligencia, gozásemos de ese ignorar que habita naturalmente en ellos?