jueves, 12 de noviembre de 2009

Mayores con reparos

que me hacía invariablemente preguntarme si quería decir que la película era apta para mayores pero que quien le adjudicaba la calificación no estaba del todo convencido de que debiera serlo o, que también podía ser, que la película era apta para mayores, sí, pero sólo para aquellos mayores que sintiesen unos reparos que… ¿Qué tipo de reparos?, ¿reparos a qué?, ¿ante qué?, ¿frente a qué?...
Me inclinaba más por la primera interpretación, pero… ¿y si me estaba equivocando?
Y no era lo malo que me pudiese estar equivocando yo, que como era pequeña no podría verla en ninguno de los casos; lo peor era que ellos, los mayores, también podían estar interpretando la calificación erróneamente y, por tanto, acudiendo sin la menor cautela a ver una película que vaya usted o cualquier otro u otra que pase por aquí a saber si iba a ser la película idónea para encajar, ceñirse como el anillo al dedo, con los particulares escrúpulos de tal o cual mayor en concreto.
Me asaltaba entonces una terrible zozobra, y me empezaba a picar todo el cuerpo, y me daban ganas de ― venciendo mi timidez ― plantarme en la puerta del cine, con los brazos  abiertos cortando el paso a tanto adulto incauto, y ponerme a vociferar exhortándolos a no dar ni un paso más antes de someterse a un minucioso autoanálisis que tras rastrear palmo a palmo su pasado, sus recuerdos, y sus carencias y sus afectos y sus rencores y sus traumas arrojara sobre sus consciencias la luz necesaria para, una vez en posesión absoluta y completa de sus respectivos “yoes”, saber evaluar con objetividad si lo que se disponían a hacer les iba a beneficiar o a causar un perjuicio cuyo alcance yo, una niña tan pequeña, me sentía del todo incapaz de predecir.
Pero no lo hice nunca, por lo de la timidez; nunca lo hice y hube de ver aterrada, en cantidad de ocasiones, cómo incluso mis padres se marchaban tan contentos y del todo inocentes a ver una película que ya veríamos si no terminaba acarreando algún disgusto.
Y luego, si a lo largo de la semana ― mis padres iban al cine los sábados por la tarde ― surgía alguna clase de problema y ellos discutían, por lo que fuese, o tenían algún tipo de actitud que me causaba angustia o inquietud, lo achacaba a que seguramente aquella película no había sido adecuada para ellos, que no habían podido interpretarla correctamente ni sabido incorporarla a su sentir sin conflicto porque carecían de los reparos necesarios o convenientes o…
Aunque a lo mejor sí que tenían los reparos perfectos para que cualquier otra fuese una suerte que la viesen porque, y también pasaba con frecuencia, había semanas enteras que las cosas iban en casa literalmente como la seda.
De cualquier modo  yo me quedaba más tranquila cuando ― y pese a que “el destornillador”, conste que lo avisé, estaba siendo nada más un ejemplo pero me siento en la obligación de aclarárselo para no dejarlo con el alma en un hilo ― pasábamos la tarde en casa, o nos íbamos los tres a alguna tolerada, o se marchaban ellos solos a alguna de la que yo me hubiese enterado al leer mi padre la reseña en voz alta de que era “gravemente peligrosa” porque, por lo menos, esta era una advertencia lo suficientemente rotunda como para que mis padres, que yo estaba segura de que no eran tontos, supiesen a qué atenerse.