viernes, 22 de agosto de 2008

Extranjeros


Es agosto y como ya no suelo leer en el metro ni los autobuses porque tengo que estar cambiando de gafas cada vez que levanto la vista y termino por sentirme mareada, mi mirada, tras deambular un rato errática, fue a posarse distraída sobre una pareja de extranjeros.
Eran de algún lugar de Suramérica, tal vez ecuatorianos, y su aspecto era el característico que tienen las personas que no nadan precisamente en la abundancia.
Estaban sentados y hablaban entre sí no alto, mucho más bajo de lo que solemos hablar los españoles, pero sí animadamente; y se sonreían, la mujer gordezuela y con su brazo alrededor de los hombros del hombre que, bastante menos corpulento que ella, sostenía mientras conversaban un niñito de… no sé calcular edades de niños tan pequeños, pero tal vez cinco, o seis meses.
Lo llevaban envuelto en una tela ligera, de color amarillo, no le veía por tanto la ropa y sí sólo la cara, medio cubierta la frente por una gorrita de visera que dejaba ver los ojos, la nariz, la boca, los mofletes… Todo ello con los rasgos inconfundibles de las gentes de aquellas latitudes.
Y no pude evitar sentir, aunque en buena lógica no tendría por qué, una especie de congoja.
Compasión, tal vez, y quizás sin razón, por ellos tan lejos de sus referencias y de sus afectos y de sus recuerdos; y tan condicionados, di en imaginar, por la privación de esa maravillosa irresponsabilidad que puede derrocharse a manos llenas cuando uno nada más ha de cuidarse de sí mismo.
Quien sólo debe atenderse a sí mismo puede desentenderse de infinidad de servidumbres porque elige someterse o no, doblegarse y transigir ante las exigencias o imposiciones de otras gentes a cambio de un salario irrisorio o, porque puede, reírse del mundo y ser el único dueño de su propia hambre.
Y compasión también por el pequeño, tan a expensas y tan en manos de padres tan maniatados por todo el cúmulo de aconteceres que los colocaron en su situación de desventaja, no ya sólo económica y social sino esencial en lo más íntimo ante el hecho, ineludible, de (algo tachado)
Imaginé cuánto habrá de crecer esa criatura y por qué cantidad y variedad de experiencias habrá de transitar hasta llegar a ser adulto ― o adulta, si era una niña ― y tener un carácter, y una forma de entender la vida y de enjuiciar el mundo que será la que sus circunstancias le deparen y la que dé forma a su concepción de qué es dignidad, o respeto, y, desde esa concepción, cuáles de entre todos los ideales que el cada día le vaya brindando y moldeando en él ― o ella, ya digo ― serán los ideales nobles por los que merezca vivir y luchar en una tierra que, hay que admitirlo, siempre es hostil sea la que sea.
Hostil no por maldad de sus gentes ― nosotros, los españoles, en este caso ― sino por lo muy poco que posibilita el hacer que se sienta ligado a ella por otro vínculo, otro arraigo que no sea el derivado del afán tan inmediato de la subsistencia.